2014ColombiaLatinoamerica

LO QUE VIENE

Por lo menos 7 millones de electores activos no estamos conformes con la manera como se está cocinando en La Habana un posible acuerdo. Nos genera desconfianza porque se negocia en el territorio y bajo la tutoría de una dictadura en donde “la gente está jodida, muy jodida, mucho más jodida de lo que pensaba”, como recién lo declaró el cantante que animaba las veladas revolucionarias de los 60, Silvio Rodríguez, arrepentido tardío al igual que Eduardo Galeano, el Simplicio de las venas abiertas.

Nos origina suspicacia porque los narcoterroristas siguen, con antifaz marxista-leninista, delinquiendo de la mano del cartel de Sinaloa y de la “Ndrangheta, en un negocio de 320 mil millones de dólares al año. No nos gusta porque a nuestro Ejército se le debilita su moral y por ende la defensa legítima a la que tenemos derecho los ciudadanos inermes frente a un enemigo asesino y avieso.

¿Ha faltado información? ¿O pedagogía? Puede ser. Pero esa Colombia a la que me refiero urge claridad y no teledeclaraciones regañonas que nos quieren imponer certezas que aún no son tales.

Santos tiene una complicada prueba por delante para desenmarañar ese intríngulis político reelectoral que armó de urgencia. También para reunir a un país dividido por su concepción ligera de lo que sería negociar con una estructura delincuencial transnacional dedicada al narcotráfico, un fenómeno globalizado, no sobra recordarlo, que es el problema medular de la seguridad social y estatal en América Latina. Las farc son historia: sus cabecillas firmarán algún documento que los blinde ante la justicia internacional y los ponga a engordar en curul por cuenta de nuestros impuestos; sus matones seguirán inmersos en el Crimen Organizado y continuaremos siendo el Estado más inseguro del continente debido a una casta política veleidosa que prefiere la impunidad al imperio de la ley, con el sempiterno argumento de la paz.

No en vano somos el primer país productor de cocaína en el mundo, el segundo con el mayor número de desplazados y con la mayor cantidad de minas antipersonales sembradas y el país de la más alta desigualdad social en la región. Para no hablar de la corrupción y la impunidad. Esa es la realidad.

El horizonte del posconflicto no pinta tranquilo. Tres aspectos de seguridad estratégica se vienen encima con consecuencias impredecibles: un posible colapso del chavismo en Venezuela, en donde el socialismo del siglo XXI ya se está desbaratando; la posesión militar nicaragüense del mar cercenado a Colombia y una monstruosa hidra que se reacomodará con mayor fuerza y violencia: el narcotráfico, verdadero pivote de una nueva geoestrategia continental. Por lo demás, la experiencia nos demuestra que ninguna Pax Mafiosa es saludable. Ni durable.

JOHN MARULANDA

COLUMNISTA

Fuente: El Colombiano